feb 26 2012

Dudas Existenciales (88): ¿Nos une el espanto?

Gabolonte Blasfemus

imageEsta semana fue una bastante particular en baireslandia. Tal vez no haya mucho para opinar que ya no se haya hecho; basta decir que el olor a podrido de todo lo acontecido llega hasta la Patagonia. Pero en medio de todo este desastre y horror pude llegar a percibir un curioso fenómeno, que estoy seguro que se repite y que deseo compartir con ustedes, al menos para confirmar si soy el único loco que lo nota.

Como usuario ocasional de la nefasta línea de trenes protagonista de esta semana me vi obligado a utilizarla al día siguiente de la reciente tragedia, y pasar por ese lugar donde horas antes tanta gente sufrió y murió. Iba a viajar el día anterior, pero al enterarme de lo sucedido di gracias que no me tocó a mí ni a ningún conocido, y afortunadamente podía esperar al día siguiente.

Mi curiosa sorpresa sin embargo fue cuando llegué a la estación del desastre. Cámaras, policías, pasos restringidos, zonas cubiertas del escrutinio público, obviamente las adyacentes al siniestro. Hasta ahí todo lógico. Lo raro fue comenzar a ver otras situaciones y vistas: Demasiadas cámaras televisivas para mi gusto, apuntadas en todas direcciones, por lo que contra mi voluntad debí haber sido registrado al menos por tres; gente comiendo en el piso del hall de la estación, no por ser indigentes que comían del piso, sino más bien como si fuese un picnic, aunque a lo mejor estaban esperando algo; grupos de personas hablando entre ellas con la misma soltura que la de unos amigos que se juntaron a pasar el rato; y, para confirmarme que algo raro había en el ambiente, chicas, de diversas edades, lindas, arregladas, con vestidos llamativos, algunas usando anteojos oscuros, destacando del homogéneo paisaje de costumbre como raras veces sucede por ese lugar. Todo junto, en ese momento y en cierta cantidad llamativa. No se si sería yo y algún insospechado costado psicópata de mi mente, pero hasta podría llegar a afirmar que existía un clima cuasi festivo en el aire, de juntarse para divertirse o llamar la atención. No de duelo, o de tristeza; eso no lo vi por ninguna parte (obviamente esto fue antes de acontecimientos violentos que ocurrieron al día siguiente por encontrar el cuerpo de un chico). ¿Qué estaba pasando?

imageComo me encanta hacer teorías, cuanto más alocadas mejor, y esta sección es el lugar ideal para eso, acá va una, que a lo mejor no es tan alocada: El morbo. El mismo morbo que nos tuvo enganchados mirando todos los videos del accidente, el mismo que hace que ante cualquier catástrofe todo el mundo pase lento y no deje de lechuzear como si estuviera viendo alguna clase de revelación, o un escote muy agraciado. Esa sensación de fiesta, de encuentro, es nada más que el desenlace lógico del negado placer que nos produce ser testigo de desgracias ajenas: La segunda parte del placer es compartirlo con otros. Es como cuando uno se junta con los amigos a ver los partidos del mundial, tiene un motivo, un hecho jugoso para compartir con los demás y matar por unas horas el aburrimiento. A eso le podemos sumar el ingrediente del combo superficialidad + narcisismo, que explica bastante bien el ver gente inusualmente arreglada el día que a cada paso se encontraba una cámara de TV.

Esta teoría puede causar repulsión y rechazo entre muchos, principalmente entre gente sensible, dramática, o involucrada en este u otros siniestros. A mi me causó rechazo ver gente que parecía pasarla bien y se quedaba dando vueltas en un lugar donde acontecieron tanto dolor y muerte, y mi catarsis es preguntarme por qué.

Posiblemente esa fue sólo una sensación mía, o tal vez una frugal combinación de imágenes que solo se dio en ese momento en que pasé, en ese día. Pero también recuerdo haber percibido situaciones similares en medio de otros desastres graves, y algo me hace preguntarme, recordando al famosísimo pasaje del poema de Borges, ¿será que nos une, o mejor dicho, nos junta el espanto? Tal vez, al menos de manera inconsciente para la mayoría, nos causa cierto alivio, o cierto placer, las catástrofes; hasta se podría aventurar que nos brinda una retorcida sensación de pertenencia. No porque nos alegre el sufrimiento de otros, pero sí tal vez porque, en ese día o en esa semana, todos tenemos el mismo tema de conversación para socializar; algo que nos une, igual que cuando llega el mundial.


feb 28 2010

Ese asiento vacío

Gabolonte Blasfemus

image No, no pretendía ponerme poético.

Como buen usuario de los servicios de transporte público durante más de una década en la sobrecongestionada Buenos Aires, existen ciertos fenómenos a primera vista azarosos en los que me he comenzado a mentalizar un poco de a ratos, algo en lo que veo que tampoco soy el único. Pero lo que en este particular momento me lleva a un estado de cacarsis autoreflexiva es lo que di en llamar el efecto del asiento vacío. (foto vía whisqui)

Todos lo hemos vivido alguna vez: Subimos a un transporte lleno donde muchos ya van parados, pero notamos que hay un asiento libre, generalmente al lado de otro ocupado por alguien, pero que por algún extraño motivo continúa sin ocuparse. Nuestra primer reacción suele ser ir raudos a apropiarnos del mismo, pero en esos escasos segundos en que nos movilizamos a hacerlo suele sonar una señal de alarma en nuestro interior, la que indica que sospechosamente ya había gente parada al ingresar y ninguna aprovechó las bondades descansa-traseriles del dichoso elemento. Llegado ese momento, generalmente se realiza una relativamente larga y profunda inspección visual del mismo antes de abordarlo, y en muchos casos se descubre fácilmente la causa de su suerte: Está mojado (vaya uno a saber con qué clase de fluidos), sucio, o el asiento de al lado está ocupado por una persona de muy dudosa higiene y/o aspecto.

921 Pero también suele pasar que no detectemos nada extraño, y aún así, nuestra desconfianza ante la legítimamente imposible situación generalmente desemboca en el nombrado efecto del asiento vacío: No lo ocupamos a pesar de no presentar signo negativo alguno, sólo porque vemos que nadie más lo quiere. Un mecanismo de autodefensa, posiblemente de carácter evolutivo, que podría resumirse en el viejo refrán de la época de nuestros padres y abuelos: Cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía. Y es una reacción de entender y con razón, pues es muy probable que si alguna vez optamos por aprovechar la ocasión ante una de estas situaciones luego descubramos, tarde, el motivo de que nadie lo haya hecho antes. Y como ejemplo puedo citar una anécdota que recuerdo muy bien: Haber ocupado en un tren un asiento contiguo a otro donde se encontraba una señora con un muy desagradable hedor, llegado al punto de que unos púberes que estaban sentados enfrente se divertían apostado cuánto tardaría en levantarse la siguiente víctima del asiento maldito. He de decir que no duré mucho, por lo que me dijeron, imitando al conductor de un programa de TV muy popular en aquellos tiempos, “prueba no superada”.

Pero este efecto se pone de manifiesto en todo su esplendor, justamente, cuando el asiento desocupado en cuestión en realidad no tiene nada de malo, pero por diversos motivos no fue convenientemente abordado por quienes estaban ya de pie al momento de entrar nuevos pasajeros. Y es un efecto en cadena que se acrecienta como una bola de nieve: Cuanto más gente parada sin ocuparlo hay en las cercanías, más paranoica se pone la que recién ingresa al medio de transporte, algo que he podido comprobar algunas veces que me quedé con un asiento vacío a mi lado y por algún motivo no fue ocupado ni bien el anterior ocupante lo liberó…

Podríamos incluso decir que este curioso efecto es de caracter contrario a otro muy acontecido entre el género femenino, el que a modo simple podemos llamar mina-quiere-lo-que-otra-mina-tiene, famoso por aumentar la valuación por parte del sexo opuesto de cualquier mamerto por el sólo hecho de tener pareja o alguna que otra perra que le ladre, el cual algunos aprovechan calzándose una alianza matrimonial cuando van al club o la facultad para enviar a las féminas de las inmediaciones el falso mensaje que en sus mentes se interpreta como el sello de aprobación de una de sus pares.

image Y es que el efecto del asiento vacío no sólo se circunscribe al ámbito literal del transporte público, sino que está presente en innumerables situaciones de la vida misma; sin ir más lejos en el de las relaciones. Así como, para algunas mujeres tiene más valor aparente el tipo que está en pareja o siempre anda con una mina distinta, aquel o aquella que en algún momento del transcurso de sus existencias se encuentren libres de compromisos e interesados en iniciar algo con alguien muchas veces son indagados sobre cuán extensa viene siendo su última ventana temporal de disponibilidad. ¿Quién no interrogó o fue interrogado sobre cuánto tiempo hace que está solo/a y por qué? Es que, por supuesto, así como en mi anécdota del tren, nadie quiere clavarse con la apestosa, y menos si es para algo mucho menos light que compartir un viaje en tren o bondi.

Pero, tal y como en el caso del asiento vacío, donde mucha gente no lo ocupa sólo por que ya estaba libre en un lugar donde muchos ya estaban parados, lo mismo pasa con un flaco o una mina que, pudiendo ser perfectamente normales, es común que pocos se animen a acercárseles si estuvieron solos durante mucho tiempo en este mundo de parados. Y ahí nuestra mente brillante, cuan la de un Russell Crowe esquizofrénico, comienza a buscar cualquier signo, cualquier patrón que nos permita aunque más no sea sospechar que hay algo malo con ese asiento/persona/etc. Y encontrar una simple minucia que no nos guste basta, porque ante la irrefutable evidencia de la desaprobación popular cualquier sospecha es teoría suficientemente convincente para no arriesgarse con el paquete en cuestión.

Así, muchas minas promediantemente normales, e incluso algunas realmente buenas, son consecuentemente descartadas o valoradas sólo para un par de noches bajo el techo espejado, por las dudas y la incertidumbre que genera si nos enteramos o sospechamos que hace mucho tiempo que está sin novio. En el caso del hombre, mostrar que se está solo y sin nadie en el horizonte ni siquiera para pasar una noche se sexo alocado es más que suficiente para una sentencia de muerte a nunca más tener una con alguien del sexo opuesto. Y más allá de que existe una buena cantidad de gente que está sola por muy buenos motivos, la realidad muestra que a veces se da esta otra cara de la moneda.

Y ustedes, ¿se perdieron algo bueno alguna vez por evitar un asiento sospechosamente vacío? ¿O el asiento lo tenían ustedes y la oportunidad se la perdieron otros?