Dudas Existenciales (88): ¿Nos une el espanto?
Esta semana fue una bastante particular en baireslandia. Tal vez no haya mucho para opinar que ya no se haya hecho; basta decir que el olor a podrido de todo lo acontecido llega hasta la Patagonia. Pero en medio de todo este desastre y horror pude llegar a percibir un curioso fenómeno, que estoy seguro que se repite y que deseo compartir con ustedes, al menos para confirmar si soy el único loco que lo nota.
Como usuario ocasional de la nefasta línea de trenes protagonista de esta semana me vi obligado a utilizarla al día siguiente de la reciente tragedia, y pasar por ese lugar donde horas antes tanta gente sufrió y murió. Iba a viajar el día anterior, pero al enterarme de lo sucedido di gracias que no me tocó a mí ni a ningún conocido, y afortunadamente podía esperar al día siguiente.
Mi curiosa sorpresa sin embargo fue cuando llegué a la estación del desastre. Cámaras, policías, pasos restringidos, zonas cubiertas del escrutinio público, obviamente las adyacentes al siniestro. Hasta ahí todo lógico. Lo raro fue comenzar a ver otras situaciones y vistas: Demasiadas cámaras televisivas para mi gusto, apuntadas en todas direcciones, por lo que contra mi voluntad debí haber sido registrado al menos por tres; gente comiendo en el piso del hall de la estación, no por ser indigentes que comían del piso, sino más bien como si fuese un picnic, aunque a lo mejor estaban esperando algo; grupos de personas hablando entre ellas con la misma soltura que la de unos amigos que se juntaron a pasar el rato; y, para confirmarme que algo raro había en el ambiente, chicas, de diversas edades, lindas, arregladas, con vestidos llamativos, algunas usando anteojos oscuros, destacando del homogéneo paisaje de costumbre como raras veces sucede por ese lugar. Todo junto, en ese momento y en cierta cantidad llamativa. No se si sería yo y algún insospechado costado psicópata de mi mente, pero hasta podría llegar a afirmar que existía un clima cuasi festivo en el aire, de juntarse para divertirse o llamar la atención. No de duelo, o de tristeza; eso no lo vi por ninguna parte (obviamente esto fue antes de acontecimientos violentos que ocurrieron al día siguiente por encontrar el cuerpo de un chico). ¿Qué estaba pasando?
Como me encanta hacer teorías, cuanto más alocadas mejor, y esta sección es el lugar ideal para eso, acá va una, que a lo mejor no es tan alocada: El morbo. El mismo morbo que nos tuvo enganchados mirando todos los videos del accidente, el mismo que hace que ante cualquier catástrofe todo el mundo pase lento y no deje de lechuzear como si estuviera viendo alguna clase de revelación, o un escote muy agraciado. Esa sensación de fiesta, de encuentro, es nada más que el desenlace lógico del negado placer que nos produce ser testigo de desgracias ajenas: La segunda parte del placer es compartirlo con otros. Es como cuando uno se junta con los amigos a ver los partidos del mundial, tiene un motivo, un hecho jugoso para compartir con los demás y matar por unas horas el aburrimiento. A eso le podemos sumar el ingrediente del combo superficialidad + narcisismo, que explica bastante bien el ver gente inusualmente arreglada el día que a cada paso se encontraba una cámara de TV.
Esta teoría puede causar repulsión y rechazo entre muchos, principalmente entre gente sensible, dramática, o involucrada en este u otros siniestros. A mi me causó rechazo ver gente que parecía pasarla bien y se quedaba dando vueltas en un lugar donde acontecieron tanto dolor y muerte, y mi catarsis es preguntarme por qué.
Posiblemente esa fue sólo una sensación mía, o tal vez una frugal combinación de imágenes que solo se dio en ese momento en que pasé, en ese día. Pero también recuerdo haber percibido situaciones similares en medio de otros desastres graves, y algo me hace preguntarme, recordando al famosísimo pasaje del poema de Borges, ¿será que nos une, o mejor dicho, nos junta el espanto? Tal vez, al menos de manera inconsciente para la mayoría, nos causa cierto alivio, o cierto placer, las catástrofes; hasta se podría aventurar que nos brinda una retorcida sensación de pertenencia. No porque nos alegre el sufrimiento de otros, pero sí tal vez porque, en ese día o en esa semana, todos tenemos el mismo tema de conversación para socializar; algo que nos une, igual que cuando llega el mundial.
No, no pretendía ponerme poético.
Pero también suele pasar que no detectemos nada extraño, y aún así, nuestra desconfianza ante la legítimamente imposible situación generalmente desemboca en el nombrado efecto del asiento vacío: No lo ocupamos a pesar de no presentar signo negativo alguno, sólo porque vemos que nadie más lo quiere. Un mecanismo de autodefensa, posiblemente de carácter evolutivo, que podría resumirse en el viejo refrán de la época de nuestros padres y abuelos: Cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía. Y es una reacción de entender y con razón, pues es muy probable que si alguna vez optamos por aprovechar la ocasión ante una de estas situaciones luego descubramos, tarde, el motivo de que nadie lo haya hecho antes. Y como ejemplo puedo citar una anécdota que recuerdo muy bien: Haber ocupado en un tren un asiento contiguo a otro donde se encontraba una señora con un muy desagradable hedor, llegado al punto de que unos púberes que estaban sentados enfrente se divertían apostado cuánto tardaría en levantarse la siguiente víctima del asiento maldito. He de decir que no duré mucho, por lo que me dijeron, imitando al conductor de un programa de TV muy popular en aquellos tiempos, “prueba no superada”.
Y es que el efecto del asiento vacío no sólo se circunscribe al ámbito literal del transporte público, sino que está presente en innumerables situaciones de la vida misma; sin ir más lejos en el de las relaciones. Así como, para algunas mujeres tiene más valor aparente el tipo que está en pareja o siempre anda con una mina distinta, aquel o aquella que en algún momento del transcurso de sus existencias se encuentren libres de compromisos e interesados en iniciar algo con alguien muchas veces son indagados sobre cuán extensa viene siendo su última ventana temporal de disponibilidad. ¿Quién no interrogó o fue interrogado sobre cuánto tiempo hace que está solo/a y por qué? Es que, por supuesto, así como en mi anécdota del tren, nadie quiere clavarse con la apestosa, y menos si es para algo mucho menos light que compartir un viaje en tren o bondi.