Dudas Existenciales (74)

Gabolonte Blasfemus

imageLa tarde está tranquila, el café está agradable, y llegan esos momentos reflexivos que, de la misma forma que una fuerte diarrea o una inminente violación (ambos fenómenos de similar brutalidad pero de direcciones opuestas), nos invaden y sacuden todos nuestros rincones. En esta ocasión, y ahora que asoma el calor por nuestro querido coño cono sur, con él también comienzan a aparecer nuestros amigos, los mosquitos, los cuales confirman una regla que al parecer se da en todos los órdenes de la vida: Mientras un macho se conforma succionando clorofila de una rama, una hembra siempre tiene que chuparle la sangre a alguien más, salvo honrosas excepciones que se dan entre valientes exponentes femeninos de la raza humana, claro.

El punto es que con estas mini-vampiresas vienen una de las diversiones del verano: Las ronchas, esas que los fabricantes de tabletas y demás dispositivos anti-mosquitos se empeñan que nunca dejemos de tener al hacer cada vez más caros e ineficaces sus productos, mientras desde los departamentos de marketing nos mantienen con la creciente ilusión de que cada verano lanzan una versión mejorada que los mata-mejor-matados. Y las ronchas, al menos a mí, me generan una cierta compulsión, fuera del mero mecanismo inconsciente de rascarlas, que en mi infinita generosidad deseo compartir con ustedes para de paso averiguar si hay otros enfermos como yo, y usándolos de grupo de terapia personal; y “cyber-“, porque todo lo que sea por Internet es cyber, aunque todavía no tengamos hardware incrustado en los intestinos (que posiblemente desempeñaría funciones similares a las de algunas personas, analizando todas las cagadas que nos mandamos) como los personajes de Ghost in the Shell.

Ya alguna vez oí hablar al genial Negro Dolina (al menos genial antes de que se vendiera a facciones políticas) sobre esas pequeñas manías que tenemos algunos con las que me sentí identificado en más de un caso, como hacer rayas con el tenedor en el puré o el placer cuasi-pecaminoso de despegarse plasticola seca de los dedos. Pero en este caso se trata de uno que, aunque no sepa de nadie más que lo haga, estoy seguro de que no puedo estar solo en semejante placer pseudo-masoquista: Marcarse las ronchas de los mosquitos.

imagePartamos de que la roncha, con ese nombre de sonoridad disruptiva que en sí posee, es toda una revolución aconteciendo en uno de los vecindarios de nuestra extensa capa dérmica: Uno de los dichosos insectos anteriormente mencionados insertó su sorbete incorporado para tomarse un licuado con nuestra sangre, y para tal cometido, primero ingresó a nuestro sistema su saliva, la cual es la responsable de varias cosas: En primer lugar de evitar la coagulación de la sangre que va a succionar; luego de que se forme la roncha propiamente dicha, o sea que esa zona de la piel se hinche y se ponga colorada; y por último, si el mosquito es portador de alguna enfermedad, que nos la contagie. Y la invasión que representa esta sustancia para nuestro sistema inmunológico es tan grande que es normal que observemos en la picadura un centro de color blancuzco-amarillento, que es ni más ni menos que una concentración de glóbulos blancos enviados para hacer frente a la amenaza. Y esa zona justamente es la que, sumado a las ganas desesperantes de rascarse, invita a realizar toda clase de grabados en esa reducida zona de nuestra piel, ya que una de sus propiedades es que la marca que hagamos permanecerá inalterable por un buen rato, al mismo tiempo que se distinguirá por tomar una tonalidad roja en donde estén los surcos.

Al principio y dado el pequeño tamaño, es normal comenzar con algo simple, haciendo una simple cruz al marcarse con las uñas dos veces, lo cual deja como resultado lo que bauticé como “el tornillo Phillips humano”. Pero nuestra querida roncha posee otra propiedad, la cual es que al rascarla y marcarla agranda aún  más su zona blanca “marcable”, dándonos un lienzo aún mayor para realizar nuestras obras. Y ahí es cuando la verdadera diversión comienza.

El mejor efecto y sensación que podemos conseguir ni bien comenzamos es, mediante el culo hueco de un bolígrafo o similar, conseguir una protuberancia circular sobresaliente, o como le podríamos llamar también, una “roncha dentro de la roncha”. Pero luego el límite, como en muchos casos, está sólo puesto por nuestra imaginación. Rejillas, sellos de marcas o juguetes, cualquier cosa puede volverse un excelente grabado temporal en nuestra carne, para inmediatamente experimentar el masoquista placer de palparse el relieve artificial conseguido en el área afectada.

imageEl otro lado del placer pasa por el costado visual, donde con una linterna y los ángulos de iluminación adecuados podemos lograr verdaderas imágenes espeluznantes dignas de funcionar como fondo de una película de cine Z.

Desde ya, todo lo bueno dura poco, y en algún momento la expansión ronchística llega a un límite en el que pierde su “fuerza”, y además de dolernos un poco más, ya comienzan a declinar las propiedades memorizadoras de esa área de piel.

Desearía ilustrar este apartado con algunas imágenes al respecto, aunque debo reconocer que (aún) no le he dedicado una buena sesión fotográfica al tema, y tampoco pretendo espantar visitantes impresionables que probablemente se quejarían con la misma furia que si hubieran visto un goatse.

Y ahora llegamos al momento de los bifes (con puré rayadito con tenedor): ¿Comparten la perversión de este humilde servidor? ¿Otra que merezca contarse? ¿Lo van a intentar después de leer esto? ¿Qué se marcarían? Yo probé una vez con el símbolo de los Autobots y el de los Decepticons, quedó genial…


2 Responses to “Dudas Existenciales (74)”

  • pramundo despachó:

    Wow!. Cuánto detalle de la situación. A ver: si, comparto esta pulsión maso-marquista. O compartía, mejor dicho. No lo hago hace rato y me dieron ganas de que me pique un mosquito para volver a hacerlo, jeje.
    Otra cosa que hacía bien de chico, que dejé de hacer capaz que porque me di cuenta que era extremadamente poco higiénico: meterme alfileres entre la piel de los dedos. Ahí está, lo dije.


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  • nicolas despachó:

    Yo tmb lo hago, me lo enseño mi madre, y a ella se lo enseño su madre que era del campo, asi por muchas generaciones.
    Hacer la cruz calma la picazon por un momento… es como persignarse

    nico


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