El perro
El perro es un personaje bastante particular de una empresa que frecuento. Siendo cincuentón, y con reminiscencias estéticas para el lado del negro Oro y de otro can, pero famoso, como es el caso de Lopez Murphy, este personaje ya está mal encaminado con el mundo desde el principio. El perro es, ni más ni menos, uno de los tantos exponentes del típico imbécil de oficina: Calentón, jodido, mentiroso, mandaparte; un tipo que se cree la crème de la crème pero que no llega ni a palito de agua. Como usuario no es de extrañar que presente las mismas características, siempre quejándose por algún desperfecto, generalmente causado por él mismo al creerse que es Neo cada vez que se baja un ringtone de Internet a su celular o se instala esos lindos salvapantallas con spyware para deslumbrar a sus colegas, pero reclamando como un energúmeno cuando tiene algún problema o una aplicación no se comporta exactamente como él lo quería, y no como la aplicación fue diseñada. Sus reclamos se suelen hacer más arduos de tolerar después del mediodía, cuando llega con un aliento a tinto capaz de alcoholizar cristianos a través del aire.
Recientemente la directiva escuchó las súplicas del amigo can y le concedió algo que mucho anhelaba: Una PC nueva y flamante para él solo, pudiendo así dejar de compartir una que ya tenía un par de años y que usaba en conjunto con otro empleado semi-subordinado de él, cuya mayor desgracia claramente es esta. Estando bajo mi responsabilidad la preparación de dicho equipo, me ocupé de no darle derechos administrativos en la cuenta de usuario que iba a tener en Windows XP, algo que suelo hacer con los usuarios problemáticos que no dejan por mucho tiempo en buen estado a su máquina. De todas formas, y sabiendo que seguro iba a pretender instalar cientos de estupideces ni bien estuviese en su poder, le otorgué derechos de usuario avanzado (power user) para que al menos pudiese instalar algunas. Pero como se imaginaba mi pesimismo, eso no era suficiente para contentar el hambre de destrucción del perro. Más allá de que durante los primeros días no tuvo nada malo que decir gracias al cuidado trabajo de migración de datos y preparación de las aplicaciones utilizadas en la empresa por mi parte, luego comenzó a presentar un reclamo tras otro cada día, debido a que siempre le salía un mensaje indicándole que debía "contactar al administrador del equipo" cada vez que, adivinen, quería instalar algo. Dado el caso, gentilmente me ofrecí a instalar las aplicaciones que "necesitara" para su labor diaria, así tuviese que verme instalando el software para que se pueda bajar fotos de su cámara digital personal. Pero el perro es fiel al apodo que merecidamente tiene ganado entre todos sus compañeros, y siguió insistiendo, exigiendo, con la excusa de que se le coartaba la libertad necesaria para "trabajar" con su equipo, que se le proporcionara la bendita contraseña del administrador de su máquina. Llegado el momento en que concluímos que podría llegar a ser menos molestia dejarlo que haga bolsa el equipo o lo infecte con algún troyano que seguir soportando sus quejas y reclamos, finalmente le otorgué los preciados derechos de administrador de su equipo para que deje de romper las pelotas.
Y mi duda es: Cuánto tiempo se puede permanecer siendo el idiota de la oficina? Lamentablemente parece no haber un límite; tampoco en la cantidad máxima de estos por metro cuadrado.
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1 comentario
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16/Diciembre/2007 a las 23:38
GA
Usando
Opera 9.50 en
Windows Vista
Las empresas están llenas de estos canes. Yo, cuando me tocaba en gracia atender a alguno, de entrada le daba siempre permisos de adiminostrador. Prefiero mil veces instalar una máquina una vez por mes que aguantar un enérgumeno todos los días.